viernes, 4 de noviembre de 2011

Historia 2: Prólogo


Era el día de mi dieciocho cumpleaños y en la casa reinaba un completo caos. Algo normal por varios motivos.
El primero de ellos era la visita de todos los miembros de mi familia. No es una familia muy grande, únicamente mis abuelos maternos, mis padres, mis tres hermanos y mi primo. Por parte de padre no tenía ningún familiar, papá es hijo único y sus padres, mis abuelos, fallecieron hace algún tiempo.
Hace unos años mi familia contaba con tres miembros más, mis tíos y una prima, pero murieron en un accidente al que solo sobrevivió mi primo, Guille.
El segundo motivo era una antigua tradición familiar. Según la tradición, al cumplir los dieciocho años se rebelaba un secreto. No tenía la más mínima idea sobre de qué podría tratar ese secreto, pero estaba muy nerviosa.
Mi madre, Ágatha, y su hermana gemela, Amber, conocieron el secreto juntas hace tiempo y al casarse, hicieron a sus maridos partícipes del secreto. Tía Amber y su esposo, tío Adrián eran los padres de Guille y Bibiana, mi prima muerta, quienes ya conocieron el secreto. Yo era la única que aun no lo conocía.
De los seis primos, el mayor es David, mi hermano. Un chico enorme, alto y con unos músculos impresionantes. Su pelo castaño, como el de papá, caía en suaves rizos sobre sus ojos verdes, como los de mamá. Desde su dieciocho cumpleaños experimentó una especie de obsesión por el ejercicio físico, fortaleciendo sus músculos y aprendiendo a pelear, aunque nunca se metía en ningún lío.
Un año más tarde, Guille cumplió los dieciocho. Aunque era tan enorme como mi hermano, su obsesión era aun mayor, especialmente desde la muerte de sus padres y su hermana menor. Él solía llevar su pelo negro largo recogido en una pequeña coleta, pero ahora lo llevaba muy corto; y sus ojos verdes antes alegres se habían vuelto amargos y amenazantes.
Dos años después llegó el turno de mis hermanos gemelos Jorge y Alex. Los gemelos tenían a todas las chicas encandiladas. Estaban fascinadas por sus esculturales cuerpos y sus rizos rubios. A pesar de su correspondiente dosis obsesiva por el deporte, ambos eran unos amantes de la fiesta, motivo por el cual levantaban más pasiones que David y Guille. Ninguna chica parecía capaz de resistirse a la mirada de sus traviesos ojos verdes.
Ese mismo año, unos meses después, fue el cumpleaños de Bibiana. Con ella fue distinto. Hubo una gran ceremonia, a la que no me permitieron asistir por no tener aun los dieciocho. Ella no fue presa de una obsesión por el ejercicio físico, sino por el estudio. Se pasaba tardes enteras encerrada entre libros, aunque no le faltaban amigos con los que salir. Ella siempre fue una chica muy popular, era idéntica a su madre, y por tanto a la mía: alta y delgada pero sin renunciar a las curvas, su pelo rubio liso largo hasta la parte baja de la espalda y esos ojos grandes verdes.
Desde ese día llevó un colgante que jamás se quitaba. Era un medallón redondo, de oro, con una única piedra en el centro, un rubí.
Ya había visto colgantes como ese antes. La abuela María llevaba uno como el de Bibiana, pero la piedra del suyo era cuarzo blanco; mamá y tía Amber también, pero la piedra de sus medallones era ónice.
¿Qué tenían que ver los colgantes en todo esto?
Ahora, dos años después del cumpleaños de Bibiana, uno después de su muerte, me tocaba a mí. El secreto por fin me iba a ser rebelado.