viernes, 4 de noviembre de 2011

Historia 2: Capítulo 2


Habían pasado dos semanas desde mi cumpleaños y ya había terminado con el primero de los libros.
Ahora sabía que existían siete grados de poder, representados por siete gemas, que de menor a mayor eran: amatista, jade, ónice, cuarzo blanco, rubí, esmeralda y zafiro. De modo que mi poder era el segundo más fuerte en la escala normal. Y digo normal, porque además hay otro poder superior, el de la Lider de cada generación.
Su poder no se manifestaría en su totalidad desde un principio, como ya explicaron mamá y la abuela, sino que iría aumentando. Ella poseería un colgante con una de estas gemas, que al aumentar su poder se rompería y sería sustituida por la gema de mayor poder, hasta que se rompiera la de zafiro y apareciera otra piedra, de la cual el libro no decía nada.
Para esta Dama, existiría un octavo libro. Uno que contendría hechizos y encantamientos demasiado poderosos, que en las manos equivocadas traerían grandes desgracias. Estos hechizos no podrían ser realizados por cualquiera, puesto que necesitarían un gran grado de poder y energía, y si no poseías la necesaria, morirías. Esa es la norma número uno de la magia, saber el poder del que dispones y que encantamientos puedes hacer sin dejarte inconsciente o matarte. Si cometías el error de comenzar un hechizo del que más tarde descubrías que no podrías realizar, no podrías dar marcha atrás, una vez iniciado el conjuro no se puede detener, hay que llevarlo a cabo, o morir en el intento. Esa es la norma número dos.
En la parte final del libro había unas páginas dedicadas a la Orden de la Oscuridad. Eran hombres que además de ser excelentes guerreros, podían utilizar la magia. Una magia oscura. Al igual que las Damas llevábamos un colgante que nos identificaba, ellos llevaban un tatuaje detrás de la oreja izquierda. Se trataba de una serpiente enroscada en una espada que atravesaba una estrella de cinco puntas.
Los Guardianes también llevaban un tatuaje, un dragón que rodeaba la estrella de cinco puntas en un gesto protector. Pero a diferencia de los militantes de la Orden de la Oscuridad, ellos lo llevaban en el lado derecho de la cadera.
El libro no era fácil de leer. Se notaba que era antiguo, muy antiguo y estaba bastante usado. Además la letra era casi ilegible por estar escrito a mano. Sin embargo, lo había terminado en menos de dos semanas, cosa que no es ninguna sorpresa si tenemos en cuenta que, debido a que mis Guardianes me seguían a todos lados, no salía de mi cuarto.
Por ese motivo había decidido escaparme.
No es que pensara ir muy lejos, solo quería relajarme de toda esta tensión en la piscina. Se trataba de un día entre semana, así que tampoco esperaba que hubiese mucha gente.
Cuando llegué, eché un vistazo al rededor para comprobar la gente que había. En un lugar un poco apartado de la piscina se encontraba un grupo de chicos y chicas de mi edad hablando y riendo despreocupadamente. A parte de ellos solo había un chico que aparentaba unos veinte y algo haciendo largos en el agua.
Estudié al chico mientras me acercaba a una tumbona para dejar la maleta que había traído y la ropa y el colgante dentro. No quería que se estropeara con el cloro o con el agua. El chico tenía el pelo negro como el carbón y ligeramente largo, no sabría decir si liso o rizado por el agua. Pero lo que más me llamaba la atención era su espalda y sus brazos. Sus músculos estaban muy marcados, seguramente haría sería unos de esos chicos obsesionados con el ejercicio y el deporte.
Cuando salió del agua vi que sus piernas y su pecho y abdomen no tenían nada que envidiar a sus brazos y espalda. Entonces él notó mi escrutinio y muestras miradas se encontraron. Durante unos instantes permanecí atrapada en sus ojos, del azul del océano.
Antes de desviar la mirada alcancé a ver como esbozaba una sonrisa burlona, como si estuviera acostumbrado a que todas las chicas lo miraran a donde quiera que fuese, algo que con su físico era más que probable.
Procurando no mirarlo me dispuse a meterme en el agua, ataviada ya solamente con mi biquini negro. Nadé un poco al rededor de la piscina para entrar en calor, y después dejé que mi cuerpo se relajara flotando en el agua. Eso fue lo que hice durante los minutos siguientes, simplemente flotar.
Cuando noté que el cuerpo empezaba a quedárseme frío y entumecido decidí que era hora de moverse y salir del agua. Volví a nadar un poco antes de salir para que mi cuerpo recobrara la movilidad después de estar tanto tiempo sin moverme. Pero al acercarme a la tumbona para coger la toalla y cubrirme con ella, mis pies resbalaron y caí al suelo llevándome por delante una de las papeleras de lata que había por todo el recinto.
Poco antes de que mi cara diera contra el suelo alguien me cogió. Unos gruesos brazos rodearon mi cintura y me ayudaron a incorporarme.
Alcé la cabeza para agradecerle a esa persona lo que acababa de hacer, cosa de la que no fui capaz ya que me encontré con la mirada azul que volvió atraparme en ella.
- ¿Estás bien?
- S-sí.- pude contestar saliendo del trance.
Me recorrió con la mirada comprobando que fuera cierto y frunció el entrecejo al llegar abajo.
- Ven, siéntate para que pueda ver tu pie.
¿Mi pie?
Inmediatamente dirigí la vista hacia allí descubriendo que al golpear la papelera, esta me había hecho unos cuantos arañazos, algunos de los cuales se veían profundos y sangraban bastante para ser simples arañazos.
- No es nada, solo son unos arañazos.- traté de restarle importancia al asunto.
- Siéntate. Con cuidado.- indicó al llegar a la tumbona que ocupaba.- Toma. Líatela, estás tiritando.- y acto seguido me pasó su toalla.
Sacó una bolsa pequeña de su maleta, un pequeño botiquín, y se agachó para curarme la herida. Primero secó mi pie herido, el derecho, con unas gasas; después, aplicó el desinfectante ayudándose de otra gasa; y finalmente lo vendó.
¡Hasta vendas traía el chico en su bolsa! Eso sí que es venir preparado.
- Ya está.- dijo contemplado su obra.
- Gracias... por todo.
- No ha sido nada.- el chico me miro pensativo y dijo:- Sería mejor que no apoyaras el pie, o al menos no lo cargues mucho.
Y sin más aviso me cogió en brazos.
Ahogué un grito y me aferré a su cuello por la sorpresa. No esperaba que hiciera eso de la forma tan repentina en la que lo hizo.
Me sostuvo contra su pecho y cargó conmigo como si mi peso fuese insignificante.
No es que hubiese tenido una gran vida amorosa, de hecho nunca había tenido un novio serio. Debido en su mayoría a que mis hermanos siempre estaban ahí para alejar a cualquier chico que se aproximase a mí con esas intenciones. Jamás ningún chico que no fuese alguno de mis hermanos me había cogido en brazos, y ahora me estaba poniendo muy nerviosa. Seguro que mis mejillas se habían sonrojado.
Podía notar el calor que despedía su cuerpo, sus músculos tensos por cargar conmigo, y su aroma. Salvaje, una mezcla de madera recién cortada, tierra y hojas, todo ello disimulado por el olor a cloro de la piscina.
Me dejó con mucho cuidado sobre mi tumbona y se volvió con la intención de alejarse, de regresar a su tumbona.
- Espera.- lo llamé.- Aun no me has dicho tu nombre.
Se giró para mirarme y contestó.
- Cristian.
Eso sí que es ser corto de palabras...
- Mi nombre es Elizabeth, pero llámame Eli.
Él solo asintió con la cabeza, pero no me iba a dar por vencida, conseguiría que Cristian hablara un poco. Cogí mi maleta y saqué unos zumos y unas galletas.
- ¿Quieres?
- Gracias.- dijo cogiendo el zumo que le tendía y sentándose enfrente mía.
- Soy yo la que debe darte las gracias, por todo lo que me has ayudado.
- Solo hice lo que debía.
- ¿Sabes? Nunca te he visto por aquí, y eso que suelo venir muy a menudo.
- Bueno, no hace mucho que vivo en esta ciudad, apenas unos meses. Pero siempre que puedo me gusta venir aquí o al parque. Son lugares relajantes, siempre que elijas un día tranquilo y puedas evitar las multitudes.
- ¿No eres de aquí? ¿De donde entonces?- pregunté curiosa.
- Ni siquiera soy de España. Mi padre es ruso y mi madre estadounidense. Yo nací en Alemania, pero he vivido desde los tres años en España. Nunca nos hemos quedado mucho tiempo en un sitio. Debido al trabajo de mi padre no he permanecido en la misma ciudad más de un año.
- Vaya...- no sabía que decir.
- Pero eso ya no tiene importancia. Mi padre murió hace cosa de un año, así que ahora yo ocupo su puesto.
- ¿A caso es algún tipo de negocio familiar?
- Sí, se le podría llamar así. Aunque no se puede decir que me guste demasiado.- dijo con tono amargo.
- Entonces, ¿por qué no lo dejas?- comenté provocando sus risas, unas risas tristes.
- No puedo.- contestó deteniendo su risa.- Es más complicado que eso.
- Pues explícamelo, así lo entenderé.
Cristian centró su mirada en mí y no dijo nada, pensando. Justo cuando abría la boca para contestar mi móvil sonó.
Miré la pantalla vi que la llamada era de Guille.
- Espera un momento, tengo que contestar.- le dije pulsando la tecla y llevándome el móvil a la oreja, mientras le daba la espalda.- ¿Sí?
- Eli.- dijo dejando que el alivio se filtrara en su voz.- ¿Donde estás? ¿Por qué te has escapado?
- Estoy en la piscina, solo quería relajarme un rato. Tú y los chicos me agobiáis demasiado, necesitaba esto o me volvería loca.
- Al menos podrías haber avisado.- me reprochó.
- Entonces no habría podido estar sola.
- Bueno, ¿has estado ya sola suficiente tiempo? Voy a por ti.- dijo a modo de despedida.
- ¡Espera!
- ¿Qué pasa?- preguntó extrañado.
- Esto...- no sabía como decírselo, seguro que se enfadaba conmigo.- No traigas la moto, mejor el coche.
- ¿Por qué? Tú siempre has preferido la moto.- noté la desconfianza en su voz.
- Es que... verás...- vacilé.
- Eli, dime que está pasando. Ahora.- exigió.
- Me caí, ¿vale? Me he hecho daño en el pie y no podría subirme a la moto, de hecho no puedo apoyar el pie.
- ¿Qué te has hecho? ¿Un esguince?
- No. Golpeé una papelera y me corté.
- De acuerdo. Ya veré ese pie cuando vaya a por ti. Hasta ahora.
- Adiós.- y colgué el teléfono.
Me giré para informarle a Cristian que me iba, pero ya no estaba. Eché un vistazo al rededor y alcancé a verlo salir por la puerta.
Me levanté con cuidado de no apoyar el pie para vestirme y vi que aun tenía la toalla de Cristian. La doble con cuidado y la guardé en mi maleta junto a mis cosas, sin saber si tendría la oportunidad de devolvérsela.
Me puse la ropa encima del biquini, que ya estaba seco. Unos pantalones vaqueros y una camiseta ancha negra. Me puse los calcetines, pero solo la zapatilla del pie izquierdo. Cuando intenté ponerme la del pié derecho, dolía horrores.
- Al fin te encuentro.- dijo una voz a mi espalda.