viernes, 4 de noviembre de 2011

Historia 2: Capítulo 11


¿Que todo iba como ella había planeado? ¿Ella estaba de acuerdo con mi cautiverio?
Creí que Bibiana quería ayudarme. Aun no sabía muy bien en qué exactamente, pero eso fue lo que dijo. Que se había quedado para ayudarme. Y ahora decía que lo que quería era que la Orden de la Oscuridad me capturara. No tenía sentido, o al menos yo no se lo encontraba.
¿A caso me había engañado todo este tiempo? ¿Fingiendo ser mi compañera y cómplice para luego traicionarme?
No importaba. Aunque fuera sin su ayuda, lograría salir de aquí y volver junto a mi familia. Observé la habitación, había una ventana, sin barrotes, y Cristian no había cerrado la puerta con llave. Tenía dos salidas posibles.
Primero comprobé la puerta, no me hacía mucha ilusión saltar por la ventana. Abrí lentamente, cuidando que no crujiera y alertar así a Cristian, y eché un vistazo al pasillo. Él estaba dando vueltas desde su habitación al baño, del baño a su habitación, a la planta de abajo, luego volvía a subir… Iba continuamente llevando cosas de un lado a otro, como si la casa hubiera estado deshabitada por un tiempo y estuviera acondicionándola para volverla habitable nuevamente.
Eso le iba a llevar mucho tiempo. No podía escapar por ahí con Cristian paseándose continuamente por la casa, me descubriría en seguida. No me quedaba otra opción, tendría que usar la ventana.
Con resignación me acerqué y la abrí. Me asomé para ver la altura, que afortunadamente no era mucha. Podría salir por ahí sin nada más que unos arañazos y moretón en el trasero. O podía usar la enredadera que iba por la pared a tan solo un metro de la ventana. Si lograba estirar mi brazo lo suficiente para alcanzarla, podría descender por ella y llegar al suelo sin hacerme daño…
Me senté en el alfeizar y, agarrada con la mano izquierda a la pared de la habitación, me incliné tratando de llegar con mi otra mano a la enredadera. No podía llegar, solo me faltaban unos centímetros… Si me estiraba un poco más, solo un poco más, podría rozarla. Pero eso no era suficiente, tenía que agarrarla con seguridad…
- Eli,- Cristian entró en la habitación y me sobresaltó.- voy a preparar la cena, ¿qué quieres…- se interrumpió cuando me vio allí sentada, con casi todo el cuerpo fuera.
Entonces perdí la concentración y la firmeza del agarre contra la pared que me mantenían sentada sobre el alfeizar. Mi cuerpo se deslizó totalmente fuera del cuarto, y aunque intenté agarrarme con una mano, esta resbaló y caí sin remedio mientras rezaba por que el golpe no fuera muy grande, que no me hiciera demasiado daño.
Sin embargo, no llegué al suelo. Una mano fuerte y áspera tomó la mía evitando mi caía al suelo y golpeándome levemente contra la pared en su lugar. Dudaba que me saliera siquiera un moretón, nada comparado con lo que podría haberme pasado de no haberme cogido Cristian.
- ¿Estás loca?- preguntó con el rostro contraído, aunque dudaba que fuera por el esfuerzo, sino más bien por la rabia.- ¿Qué estabas intentando hacer tirándote por la ventana así?
- Ya te dije que no me iba quedar de brazos cruzados.- le contesté sin dejar que su enfado me afectara.- Volveré a intentar escaparme una y otra vez hasta que lo consiga. ¡Y no podrás impedírmelo!
- Eso…- se interrumpió para tirar de mí hasta que volví a estar en la habitación, con su mano aun sosteniendo la mía en alto y la otra rodeando mi cintura.- … ya lo veremos.
Nos quedamos así, quietos, mirándonos fijamente a los ojos sin decir nada, durante unos segundos. Unos segundos en los que sus ojos azules como el océano me atraparon igual que la primera vez, haciéndome sentir como si me encontrara en mitad de un mar revuelto que poco a poco se iba calmando…
Era como si pudiera tocar esas aguas claras y azules… como si pudiera manejarlas a mi antojo…
De repente, él desvió sus ojos dirigiendo su mirada hacia la ventana, por la que entraron un par de columnas de agua. Unas columnas de agua que reconocí estaban movidas por mi magia, pero no pude hacer nada por evitar que nos empaparan a ambos. No tuve tiempo de reaccionar.
- ¡¿Qué dem…?!- dejó a medias la maldición con un sonoro suspiro.- Supongo que no tiene remedio.
Se alejó de mí y me arrojó suavemente contra la cama. Llevándose una mano a la cabeza salió de la habitación dejándome sola unos instantes durante los que reflexioné sobre lo que acababa de ocurrir.
¿Cómo había movido tal cantidad de agua sin darme cuenta de ello? ¿Y de dónde había salido el agua? Yo aun no tenía dominado el poder del agua lo suficiente como para hacer eso, apenas era capaz de mover el agua cuando la tenía delante. Y para ello necesitaba una concentración, digamos, especial.
Aun estaba preguntándome cómo lo había hecho cuando Cristian volvió a entrar, todavía con sus ropas mojadas. Traía consigo un pequeño montón de ropa que dejó sobre la cama.
- Es lo único que hay en la casa de ropa femenina,- dijo señalando el montón.- si necesitas más te prestaré algo mío. Ahora me iré abajo a preparar la cena mientras te dejo que te cambies.- me miró fríamente y añadió:- No vuelvas a intentar escaparte.
Nada más irse miré la ropa que me había traído. Había unos pantalones vaqueros oscuros, una camiseta de manga corta blanca, una sudadera con capucha gris y unos pantalones largos y finos de pijama a rayas blancas y rosas, con una camiseta rosa de manga larga. No era gran cosa, pero era mejor que nada.
Me vestí con el pijama, ya era tarde y no pensaba bajar a cenar con Cristina. No iba a darle ese gusto. ¿Y si me pone algo en la comida? Una droga o algo así… Vale tal vez esté exagerando, pero no voy a confiar en él tan fácilmente. No iba a bajar a come con él como si fuéramos amigos de toda la vida. Esa noche me quedaría encerrada en la habitación.
Sin embargo, al cabo de unos minutos, Cristian vino a buscarme para bajar a cenar. Por supuesto, yo me negué, alegando que no tenía hambre, pero el rugido de mi estómago me delató. Después de todo no había podido merendar, ya que cuando me disponía a ello logré hacer mi magia funcionar y luego los miembros de la Orden de la Oscuridad se nos echaron encima. Así que Cristian me cargó sobre su hombro y me llevó hasta el salón, donde ya estaba la cena servida.
- Come.- me ordenó.- Si no lo haces enfermarás.
- Ya te he dicho que no quiero.
- Puedo escuchar tu estómago quejarse. Claro que quieres.- lanzó un suspiro resignado.- Sé que debe ser difícil confiar en alguien a quien has considerado tu enemigo, pero ¿te has planteado por qué lo consideras como enemigo?- Lo miré extrañada, sin saber muy bien a qué se refería; pero él mismo me lo explicó.- ¿Por qué tenemos que aceptar lo que nos digan sin cuestionarnos nada?
>> A nosotros, los miembros de la Orden de la Oscuridad, nos entrenan desde pequeños para cumplir con nuestra misión: Eliminar a las brujas que se hacen llamar Damas de las Estrellas hasta hallar a la Líder. Nos llenan la cabeza con cuentos sobre malvadas mujeres que se divierten usando la magia que les ha sido concedida a su antojo. ¿Por qué solo a ellas? ¿Por qué no a los hombres también? La respuesta siempre era la misma: Porque son personas egoístas que solo miran por ellas y nadie más. Debemos cambiar eso, debemos arrebatarles ese poder para poder compartirlo con el mundo. Pero, ¿cómo nos enfrentaremos a su magia, a su poder? Obteniendo el nuestro propio. No importaba si era magia oscura, no importaban los medios que usáramos para conseguir el fin. Pero entonces ellas trataron de defenderse, de defender ese poder evitando que les fuera arrebatado. Por ello engañaron a los hombres de su familia diciéndoles que les otorgaban un gran privilegio, luchar junto a ellas, al convertirlos en sus Guardianes; sin embargo, la realidad era, y es, bien distinta. Ellos no luchan junto a ellas, ellos luchaban para ellas. Nosotros, por nuestra parte, habíamos aprendido a controlar la magia oscura, pero sus Guardianes nos derrotaban fácilmente, sesgando nuestras vidas con sus espadas. Ese fue el modo en que nos arrastraron a luchar físicamente, para poder luchar por nuestra supervivencia. Eso es lo que nos cuentan nuestros padres desde pequeños, nuestros cuentos de cuna.
>> Así, desde que nacemos, tenemos constancia de lo que somos y lo que sois. Pero eso no significa que sepamos distinguiros. Solo os identificamos cuando usáis vuestra magia, la sentimos y seguimos su rastro hasta vosotras; o al ver ese colgante en vuestros cuellos, cosa que rara vez sucede ya que lo ocultáis entre la ropa. Por eso no supe quién eras cuando nos encontramos en la piscina, puesto que no lo llevabas, como tampoco supe quién era esa chica hasta que fue demasiado tarde.
Mientras hablaba había estado pendiente de su expresión, notando como cambiaba según la parte que contaba. Cuando contó lo que les enseñaban desde pequeños su expresión se había vuelto ausente, recordando aquellos tiempo cuando era niño y lo que su padre y demás familiares le decían. Luego la centró en mí, y nuevamente cambió a una expresión triste y melancólica al mencionar a esa chica.
¿Quién sería ella? ¿Por qué provocaba esos sentimientos en él? ¿Qué historia se escondía tras esa mirada anhelante? Eran muchas preguntas, qué le íbamos a hacer, yo era una curiosa por naturaleza, pero eso no significara que le fuera a preguntar nada al respecto. Después de todo yo no confiaba en él, no iba a caer en su trampa y adentrarme en la conversación, aunque dejaría que fuera un monólogo, que me contara lo que quisiera, sin forzarlo pero sin detenerlo.
- Ocurrió hace siete años, cuando tenía dieciocho, bueno, solo faltaban unos días. Ella era una amiga que conocí en el instituto, en el que había estado ese año. Era una muchacha aplicada en sus estudios, muy amable y simpática con la gente. Siempre trataba de ayudar a los demás, a su manera.- sonrió tristemente al recordar algo gracioso y que añoraba.- Aun cuando era muy lista y hábil en los estudios y  los deportes, era un completo desastre en todo lo demás. Si trataba de ayudar a algún amigo que no se sintiera bien, terminaba por causar problemas ya fuera derramándole algo encima o cualquier cosa por el estilo. A pesar de eso, nunca se rendía. Si fracasaba una vez, lo volvía a intentar con más fuerza, y así hasta que lograba lo que se proponía. Esa era su forma de ser, así era ella, siempre trayendo la alegría a quienes le rodeaban. Sin embargo, el día en que supe que ella era en verdad una Dama fue el más triste de todos.
>> Al no tener los dieciocho aun cumplidos, oficialmente no podía participar en nada, solo entrenarme para cuando llegara el momento. Así como no podía hacer uso de la magia si no era bajo la responsabilidad de un tutor. Por ese motivo tenía más libertad que aquellos que ya habían cumplido la mayoría de edad y pude ir esa noche con ella y varios compañeros de clase a tomar algo y celebrar el final del curso, entre ellos su hermano mellizo.
>> Cuando volvíamos a casa y solo quedábamos ella, su hermano y yo, unos tipos nos asaltaron. Nunca supe quienes eran, supongo que cualquier banda callejera en busca de algo de gresca para divertirse, aunque ellos no esperaban encontrarse con dos chicos que sabían luchar. En realidad, yo sabía luchar, ella y su hermano apenas hacía unos meses que habían cumplido los dieciocho, y el chico aun no era ningún experto. Pero estaba sobradamente preparado para hacer frente unos pandilleros. En el momento en que nuestros asaltantes se encontraron sobrepasados, decidieron atacar con sus navajas, y al tratar de proteger a los mellizos resulté herido. No era nada grave, pero ella se asustó con la visión de la sangre. Hay fue cuando ella recurrió a sus poderes, para curarme.
>> Sin embargo, al usar su magia, los miembros de la Orden de la Oscuridad aparecieron inmediatamente. Su hermano no pudo hacer nada por protegerla a ella o a sí mismo, un muchacho con unos pocos meses de instrucción no era rival para hombres con años de práctica y experiencia. Y yo por mi parte tampoco es que pudiera hacer mucho. Es cierto que tenía más práctica que él y que ya estaba curado gracias a la magia de ella, pero no podía oponerme a los hombres con los que había convivido desde que nací, a algunos de los cuales consideraba como mi familia, hermanos o grandes amigos. Tampoco tenía la posibilidad de oponerme a las órdenes de mi padre, el, por aquel entonces, líder de la Orden. Lo único que pude hacer en aquel entonces fue mirar, mirar como la mataban a ella y a su hermano delante de mis ojos sabiéndome totalmente impotente.
>> Ese fue el día en que planteé todo lo que me habían dicho desde pequeño. ¿En verdad Las Damas eran tan perversas y egoístas como nos contaban nuestros padres? ¿O los avariciosos éramos nosotros? Ella había usado su poder para curarme sabiendo a lo que se exponía, pero eso no la detuvo de hacerlo. Durante los siguientes días hasta la fecha de mi cumpleaños anduve sumido en una especie de depresión. ¿Todo lo que me habían contado era mentira? ¿Habría alguna en verdad en ello? Y si era así, ¿dónde empezaba la verdad y dónde la mentira?
>> Pero el día de mi cumpleaños todo cambió. Ese era el día en que yo saldría a la calle, no sabía muy bien si a “matar chicas inocentes” o a “detener a malvadas brujas”; sin embargo, eso no importaba. Lo que les importaba a mi padre y los demás miembros era que cumpliera con mi deber. Por ese motivo oculté mis pensamientos a todos. Todos menos una persona, mi madre. Ella era una de las pocas mujeres que sabían a qué se dedicaban sus maridos, hermanos, padres e hijos y también participaba en ello. Aunque de una manera bien distinta.
>> En un principio, cuando se capturaba a una Dama con su instrucción finalizada, se estudiaba la forma en la que funcionaban sus poderes, tratando de aprender todo lo posible. Con el tiempo, usamos nuestra magia para tratar de extraer ese poder del cuerpo de la Dama y colocarlo en el nuestro; sin embargo, por las malas aprendimos que toda esa magia nunca sería admitida en el cuerpo de un hombre, pero sí en el de una mujer. Mi madre se ofreció como voluntaria para tratar de proteger a una niña de diez años que había escogida para ello. Como resultado, la Dama murió y mi madre tan solo obtuvo uno de los poderes de esta a un nivel muy débil. Ella podía vislumbrar ocasionalmente escenas que estaban por suceder, el futuro.
>> Ella, mi madre, compró esta casa y nunca se lo reveló a la Orden. Pero me la confió a mí, el mismo día de mi dieciocho cumpleaños, con único mensaje: dar una oportunidad a las Damas. Ella decía que había visto un destino terrible y que debíamos hacer todo lo posible por cambiarlo. También decía que no estábamos solos, que ella no había sido la única persona en ver ese horroroso futuro, que otra persona también lo había visto y ya estaba movilizándose para impedirlo. Ambas, separadas en la distancia, realizaron un sacrificio para salvar el futuro de todos los demás, comenzando de este modo a mover los engranajes del destino para cambiarlo de dirección hacia un futuro más feliz para la humanidad.
>> Desconozco la verdad que se esconde tras esas palabras, pero de algún modo, ella me dejó un papel en todo esto. No sé que sucederá en el futuro, pero mientras haya uno siempre podremos seguir adelante, de una forma u otra. Por eso, ahora que soy el líder de la Orden, haré lo posible por dar esa oportunidad a las Damas, aunque me cueste años, aunque me cuesta la vida misma. No me importa. Mi madre tenía un sueño, y si realmente está en mi mano el que ese sueño florezca, lo intentaré hasta conseguirlo. La única cosa que sé seguro, es que no permitiré que la Orden se haga con el poder de las Damas. Aun no sé si eso es lo que traerá ese futuro de sufrimiento para todos, aun así, lo evitaré. Por la memoria de mi madre, y un mañana en el que a todos nos sea posible sonreír.