viernes, 4 de noviembre de 2011

Historia 2: Capítulo 10


Por mi mente pasó nuestro encuentro en la piscina y nuestra conversación. Ahora entendía muchas más cosas. Sus rápidos reflejos para cogerme antes de que cayera al suelo, su habilidad para acercarse sin que le notara, el por qué llevaba vendas en su mochila, la práctica que tenía haciendo curas y dando diagnósticos, el que me cargara en sus brazos cómo si lo hubiera hecho cientos de veces y lo que dijo sobre el “negocio familiar”.
Estaba claro que debido a su entrenamiento había adquirido todas esas habilidades, aprendiendo a vendar sus propias heridas y las de otros y seguramente llevado a suficientes chicas en sus brazos cómo para hacerlo cómodamente. Al igual que lo estaba el qué había heredado su cargo por ser el hijo mayor del anterior líder.
Lo que no había terminado de entender eran sus palabras despectivas cuando habló de su trabajo y si lo sumaba a lo que su hermano había dicho sobre que no quería que “golpearan a las muchachas” me perdía aun más. ¿Un miembro de la Orden de la Oscuridad con remordimientos? ¿Y era el líder?
No entendía nada de esto.
Pero al parecer no era única sorprendida. Por una milésima de segundo pude ver cómo sus ojos se abrían ligeramente antes de que toda expresión de su rostro desapareciera bajo una máscara de profesionalidad.
- ¿Ella es la Dama que capturasteis?- preguntó.
- Así es. Debe de tener los dieciocho años recién cumplidos, estaba practicando con el agua, el primer elemento que se aprende y su control aun es escaso.
- Normalmente las capturáis más mayores, solo así pueden tener algo de información que pueda sernos de utilidad.- observó Cristian.- Si aun está practicando con el primer elemento no podemos usarla.
- Podríamos absorber su poder para así hacernos más poderosos.- sugirió su hermano.
- Sabes que eso no funcionaría. Ya lo has intentado demasiadas veces y el resultado siempre es el mismo. Por eso no permitiré que lo vuelvas a hacer.
- Esta vez podría ser la definitiva...- insistió.
- ¡He dicho que no!- le interrumpió.- Y para asegurarme de que me obedeces me la llevaré de aquí y la pondré bajo mi cuidado.
- ¿Qué harás con ella? ¿Dónde te la llevarás?- le encaró.- Sabes que puedo volver a encontrarla y hacer con ella lo que me plazca.
- Lo que yo haga o deje de hacer a ti no te incumbe. Yo me aseguraré de que ella no suponga ningún peligro para nosotros, ni tú para ella.
Cristian me cogió del brazo agachándose y me arrastró fuera del cuarto de baño por todo el resto de la casa hasta que estuvimos en la calle. Sin decir una sola palabra me metió en su coche y arrancó, dirigiéndonos a algún otro lugar.
Hicimos el trayecto en silencio y la tensión era más que evidente. Mi cabeza trabajaba a toda velocidad tratando de comprender todo esto. Era muy extraño que un miembro de la Orden de la Oscuridad se comportara de forma tan gentil. ¿Sería una trampa para que confiara en él? De todos modos no pensaba contarle nada.
Por otro lado, no es cómo si tuviera muchas cosas para contarles. Había descubierto toda la verdad hacía poco y aun no había asimilado todo, ni si quiera sabía controlar mis poderes. Lo único verdaderamente importante que sabía era la identidad de la Líder de las Damas, y dado que era yo, no tenía mucho interés por avisarles para que me torturaran o mataran…
¿Eh?
Mientras pensaba en todas estas cosas, me percaté que no estaba maniatada, ni inmovilizada mediante magia, ni nada parecido. Ni si quiera había echado el seguro al coche. Podría abrir la puerta y saltar a la carretera sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.
No penséis que estaba loca, no íbamos a gran velocidad. Había algo de tráfico y circulábamos más lentos de lo normal en ciudad, así que no había ningún peligro. A lo sumo, caería al suelo y me haría algunos rasguños, nada grave.
Tragué saliva y sin pensarlo más lo hice. Dirigí mis manos a la manivela de la puertezuela y la abrí. No llevaba puesto el cinturón de seguridad, lo que facilitó mi huida, así que salté fuera del coche mientras escuchaba a Cristian gritarme y extender su mano tratando de agarrarme.
Aterricé con mis pies en el asfalto, pero debido al impulso del salto, también con las rodillas, aunque afortunadamente ni tan siquiera me rompí el pantalón. Apenas logré a dar un par de pasos, cuando escuché el frenazo del coche de Cristian.
No me hizo falta girarme para comprobar que era él. Escuché su voz llamarme a voces a la vez que sonaba el portazo que dio al cerrar la puerta.
- ¡Eli!-gritó.- ¡Vuelve aquí!
Ja. Si ese pensaba que iba a volver con él al coche para que me llevara donde quisiera, lo llevaba claro. No volvería con él ni loca, para eso tendría que cogerme él mismo.
Por desgracia, debía haber tenido un entrenamiento tan bueno o mejor que el de mis hermanos ya que me estaba alcanzando. Así no tardaría mucho en cogerme y arrastrarme de vuelta al coche.
Moví mis piernas tan rápido como pude, esquivando a la gente y los coches, tratando de ser lo suficientemente rápida para perderlo entre la multitud y el caos. Lancé una mirada hacia atrás para comprobar si lo estaba consiguiendo y me alegré cuando no lo vi detrás de mí. Lo estaba logrando, iba a estar libre, de vuelta con mi familia en unos instantes.
Pero me alegré demasiado pronto. Cuando volví la vista al frente él estaba justo delante de mí. ¿Cómo había llegado hasta ahí? No lo sabía, solo que en algún momento debía haber dejado de seguirme sabiendo hacia donde me dirigía y haber tomado algún atajo.
Con un grito, me giré y empecé a correr en la dirección contraria a la venía instantes antes. Pero apenas pude dar un par de pasos cuando él me alcanzó con sus grandes y rápidas zancadas. Noté sus brazos alrededor de mi cintura y tuve una especie de deja vu.
Volví a recordar el día que nos conocimos, en la piscina, cuando él me sostuvo para que no cayera al suelo al tropezar con la lata y luego cuando me cargó en sus brazos hasta la hamaca para curarme. La misma sensación de calidez que noté entonces, la sentí ahora, haciéndome creer que todo iría bien, que no había nada por lo que preocuparse.
Eso fue lo que pensé entonces, y lo habría pensado ahora también de no saber quién y qué era: Cristian, el líder de la Orden de la Oscuridad. Mientras  la otra vez me quedé tranquila en sus brazos dejando que me llevara a donde quisiera, esta vez m revolví con todas mis fuerzas, tratando de golpearle para que me soltara. Sin embargo, me temía que estaba tan acostumbrado a los golpes que ignoró los míos como sí de caricias se trataran.
- Estate quieta.- dijo con voz grave.- Volverás al coche quieras o no.
- Aun si no puedo liberarme, alguien verá mi forcejeo y se preguntará qué está pasando.- le dije.- No pasaremos desapercibidos con esa escena de la persecución y con esta.
- Será fácil de explicar diciendo que eres una niña caprichosa que ha pillado una rabieta.
- ¿Crees que me voy a quedar callada mientras le dices eso a la gente?
- Estarás callada y quietecita aunque tenga que usar la magia, ¿me entiendes?- dijo con cansancio esta última parte.
Y tal como dijo, me estuve quieta el resto del camino hasta el coche, que había dejado medio subido en la acera, pero no por voluntad propia. Cristian había cumplido su amenaza de manipularme mediante la magia para hacerme más dócil y obediente. Si me concentraba podía sentirla. Podía notar a la magia atando mi propia voluntad y guiándome como si se trataran de los hilos de una marioneta, que era yo, movidos por la mano del titiritero, que era él.
Nada más llegar al coche montamos y arrancó, yendo todo lo rápido que el tráfico le permitía. Al cabo de unos minutos de transito sentí como la magia que me amordazaba desaparecía, devolviéndome la voz, aunque no la movilidad de mi cuerpo.
 - ¿Qué creías que estabas haciendo?- dijo con voz pausada dejando escapar un leve tono de enfado.
- ¿No es obvio?- pregunté sarcástica.- Tratando de escapar. No pienso quedarme quieta mientras me torturan y me matan. No les voy a rebelar nada, me hagan lo que me hagan, y aunque no sepa usar mi magia me resistiré todo lo que pueda.
- No te haré daño.- aseguró.- Yo no soy como ellos.
- Ya, ¿Y pretendes que te crea? ¡Eres ni más ni menos que su líder!
Cristian apretó la mandíbula y las manos sobre el volante a la vez que fijaba su vista en la carretera. Ahora íbamos más rápido, ya que habíamos abandonado la ciudad y consecuentemente dejado atrás todo el tráfico.
- ¿A dónde vamos? ¿Dónde me llevas?
- A un sitio seguro.- contestó.- Allí no podrán encontrarte aunque uses la magia. Estarás a salvo de mi hermano y el resto de miembros de la Orden.
Continuó conduciendo tomando numerosos desvíos ya carreteras secundarias hasta llegar a una pequeña pero bonita casa de campo. Era una casita de piedra rodeada por un amplio jardín con varios árboles y una piscina. Delante de la casita había un hermoso cenador con cuatro columnas por las que trepaban unas enredaderas que cumplían la función de techo aportándole sombra al lugar.
Era muy bonito, casi parecí asacado de un cuento, pero no por ello me gustaba la situación. ¿Se suponía que esta iba a ser mi nueva cárcel hasta que les contara lo que querían saber? Nunca diría nada, aunque eso supusiera quedarme encerrada en esta jaula de oro para toda la vida. Resistiría. Es más, encontraría la manera de escapar.
- Vamos.- Cristian me hizo bajar del coche y seguirlo al interior de la casa.
Pasamos por la planta baja, en la que tenía una cocina, una sala y un salón, muy espaciosos, decorados rústicamente; y subimos a la planta superior, en la que se encontraban los dormitorios y el baño.
Igual que su hermano hizo antes, Cristian me llevó hasta la que sería mi habitación, esta sin baño propio. Solo había uno para los dos. Me dejó sobre la cama y sin decir una sola palabra se fue, cerrando la puerta tras de sí. Pero sin llave como sí hizo su hermano.
Esta vez, en vez de derrumbarme llorando como decidí no hacer más, me senté en la cama tratando de relajarme y concentrarme. Tratando de llamar a Bibiana.
Ella podría mandarle algún sueño a mi madre para que supieran donde estaba, ¿no? Si no, podría ayudarme a escapar. En la casa solo estábamos Cristian y yo, si ella hacía guardia para que él no me descubriera, saldría de aquí sin que se diera cuenta hasta que fuera demasiado tarde.
Bibiana.- llamé en mi mente.
Había funcionado. Podía sentirla, pero por algún motivo no quería mostrarse ante mí. No obstante seguí intentándolo.
Bibiana, ¿por qué no quieres hablar conmigo?- nada, silencio.- Sé que estás ahí, puedo sentirte.
¡Oh! ¡Está bien!- se quejó.- Sí, estoy aquí. Veo que tu concentración ha aumentado.
Digamos que he estado practicando.- le contesté.- Pero ahora hay asuntos más importantes que tratar. ¿Puedes aparecerte en sueños o algo así?
No, solo a ti.
Pero leí en los libros que quienes tenían el don de ver cosas en sueños también podían mostrar otros sueños a los demás.
Así es. Pero no quiero hacerlo.
¿Eh? ¡¿Cómo que no quieres hacerlo?! ¡Pensé que te habías quedado conmigo para protegerme!
Y te estoy protegiendo.
Ya lo veo, permitiendo que la Orden de la Oscuridad me mantenga prisionera sin hacer nada al respecto.
Te equivocas. Ahora mismo estás a salvo de la Orden. Este chico no te hará daño, lo sé. Ahora mismo lo ves como tu enemigo, pero él te sacó del auténtico infierno.
¡¿Qué estás diciendo?!
No es la primera vez que veo a este chico. Entonces, él aun no era el Líder. Soñé con él una vez, será decisivo para cuando llegue el momento, pero lo vi cara a cara cuando me mataron. Le dije a mi padre que se encargara de su padre para que él obtuviera su cargo. Así tú pasarías a su cuidado cuando te capturaran. Luego, yo me encargué de él, o mejor dicho, él se encargó de mí.
Para que el sacrificio saliera como yo tenía planeado, era él quien debía guiar la espada que acabara con mi vida.
Creí que te habías sacrificado…
Y fue un sacrificio, porque fui voluntaria a mi muerte.
Pero… no sé que consigues con todo esto… He de salir de aquí, con o sin tu ayuda.
En ese caso, será sin mi ayuda. No voy a modificar las cosas cuando todo va como había planeado. Créeme, esto es lo que tenía que pasar. ¿Por qué sino te haría salir del coche cuando sabía que te cogerían?- una risa suave se le escapó cuando terminó de hablar, justo antes de desvanecerse.