jueves, 3 de noviembre de 2011

Historia 1: capítulo 7


- ¡ Vas demasiado rápido!- le grité tratando de hacerme oir por encima del rugido de la moto.- ¡Baja la velocidad!
Me apreté tan fuerte contra él que estaba segura de que pronto empezarían a dolerme los brazos. Tenía los ojos cerrados, no me atrevía a abrirlos.
- ¡Ya casi hemos llegado!
No disminuyó la velocidad en lo más mínimo. Ibamos a tal velocidad que nos estrellaríamos y no quedarían nada de nosotros. Bueno, al menos de mí, él como vampiro debería ser más resistente. ¿No?
De pronto todo se detuvo. Todo menos mi cabeza, que daba vueltas a un ritmo escalofriante.
- ¿Ves? No ha sido para tanto
¿No ha sido para tanto? Desearía haber podido contestarle a eso, pero estaba demasiado concentrada en mantenerme quieta en la moto y no caerme.
Noté como el bajaba de la moto al desaparecer su cuerpo de entre mis brazos.
-¿Te encuentras bien?- dijo mientras me quitaba el casco.- Quizás debería haber corrido un poco menos.
- No me digas.- susurré con todo el sarcasmo del que fui capaz.
Puso sus manos alrededor de mi cintura para ayudarme a bajar. Luego me apartó un poco de la moto antes de tenderme en el suelo.
- Lo siento. Debería haberte hecho caso.
Tumbada como estaba, el mareo empezaba a desaparecer.
Él se tumbó a mi lado y me cogió para que quedara bocabajo sobre su pecho. Mientras me acariciaba el pelo con las manos, me daba pequeños besos en la cabeza. Podría quedarme así todo el tiempo del mundo. Quería hacerlo. Moví mi mano trazando circulos con mi dedo sobre su pecho.
- ¿Se te pasa?
Sentí el impulso de mentirle para que no se moviera y nos quedaramos así.
- Sí, un poco.
Permanecimos así hasta que comenzó a anochecer. Fue hacia la moto y levantó el asiento para sacar una manta y una maleta. Se sentó en la hierva y abrió la maleta mostrandome su interior.
Había un par de sandwiches, un par de bolsas de patatas y pajitas y una nevera. Me ofreció uno y cogió la nevera para sacar un refresco, pero sin permitirme ver lo que había dentro. Él tomó el otro sandwich.
- Pensaba que los vampiros no tomabais comida.
- En realidad sí, aunque no es necesaria. Podemos subsistir unicamente con sangre, aunque esta sí que es imprescindible.
- ¿Qué más es verdad y qué es mito?
- Bueno...- dijo pensativo.- pues verás: podemos dormir, aunque no todas las noches y el tiempo que lo hacemos es muy corto. Depende cuando hayamos sido combertidos, los más jovenes duermen con más frecuencia y más tiempo.
-¿Cuanto duermes tú?
- Unas cuatro horas dos veces a la semana... en condiciones normales.
- ¿Condiciones normales?
- Sí, verás, cuando estamos heridos o hemos participado en alguna actividad realmente extenuante necesitamos dormir más y con más frecuencia hasta que nuestro cuerpo se recupere.- explicó
- ¿Qué más?
- No podemos transformarnos en murcielagos ni en ningún otro animal. Y como ya habrás descubierto el sol no nos mata, aunque sí nos produce una especie de alergia, por lo que debemos usar un protector solar de alta protección y tratamos de cubrirnos siempre que podemos.
Fui a coger otra patata pero se habían terminado. Las pajitas también. Hice un gesto de disgusto, lo que provocó las risas de Ben.
- Me he fijado que eres muy golosa,- dijo metiendo una mano en su chaqueta.- así que te he traído algo.
Lo miré a los ojos y vi la diversión en ellos, junto con su sonrisa traviesa. ¿Así que quería jugar...? Muy bien. Juguemos.
Me acerqué a él y le salté encima.
- ¿Y bien? ¿Qué es lo que tienes para mí?- pregunté sonriendo.
No le costó ningún esfuerzo darnos la vuelta a ambos y colocarme debajo, aprisionada entre el cesped y él. Cogió mis muñecas y las sostuvo por encima de mi cabeza con una sola mano.
- No es justo. Yo no tengo superfuerza de vampiro.- me quejé.
- Tienes razón, juego con ventaja,- admitió.- pero aun así, te he ganado.
Nos quedamos un instante en silencio mientras nuestras miradas se encontraban. Parecía que fuera a besarme, pero no lo hizo. Solo me miraba, muy serio.
- ¿No tenías algo para mí?- pregunté tratando de acabar con el incómodo silencio que empezaba a formarse.
Pestañeó sorprendido, como si hubiera recordado de golpe que tenía algo en su chaqueta. Nuevamente volvió a meter su mano en su chaqueta, pero esta vez sacó un pequeño paquete. Lo agitó sobre mi cabeza mientras esbozaba esa traviesa sonrisa.
- No es que sea gran cosa, pero pensé que te gustarían.- explicó encogiendose de hombros.
Abrió el paquete e introdujo una mano en él para sacar algo pequeño, redondo y traslucido de colo azul.
- Abre la boca.
Obedientemente hice lo que me pidió y él me puso la bolita azul en la boca.
¡Gominolas!
Me encantan las gominolas. Esa era una pequeña delicia de arandanos. Desde que me había mudado a Boston no había probado ninguna, porque acabé mi reserva de chucherías durante el viaje, y aun no había descubierto un puesto donde comprarlas. Por supuesto estaban las bolsas de los supermercados, pero esas eran todas iguales y a mí me gusta la variedad: con azucar, sin azucar, rellenas...
Entre los dos nos comimos el paquete en cuestión de unos minutos mientras seguiamos hablando de cosas de vampiros.
Era noche cerrada cuando noté que empezaba a ponerse nervioso.
- ¿Estás bien?
Alzó sus ojos hasta encontrarse con los mios y vi que el nervisismo no era tal. Era hambre.
Él debió notar el entendimiento de lo que le pasaba y el creciente temor que crecía en mi interior, porque se apartó de mí, dolido.
No es que temiera que fuera a hacerme daño, confiaba en él. Pero mi parte racional, que acababa de hacer su aparición desde que enteré de todo esta historia de vampiros, me decía que no debía ser muy inteligente permanecer al lado de un vampiro hambriento.
- Siento haberte asustado... yo... sabía que tarde o temprano tendría que beber, pero no quería asustarte.- se disculpó.
- No es eso, confío en tí, se que no me haras daño. Pero todo esto de los vampiros... bueno, quizás aun no lo había asimilado totalmente.
- Sabía que terminarías por temerme, en cuanto pensaras un poco los riesgos de salir con un vampiro.
- ¡Ah, no! No pienso dejar que rompas conmigo por ser un vampiro. Tú no elegiste esto y estoy segura que por ese motivo no serías capaz de dañar a nadie.
- Eso no lo sabes. ¿Quién te dice que no haya bebido de alguien hasta dejarlo seco?- repuso con furia en su mirada.
- Dimelo tú entonces. ¿Cómo te alimentas?
Me dirigió una mirada apenada y llena de culpa que me hizo replantarme la idea que me acababa de formar sobre su dieta.
Existen cientos de libros sobre vampiros y en todos ellos hablan sobre distintas formas de alimentarse sin matar. En unos, utilizan a personas voluntarias, que siempre continuan viviendo; en otros hipnotizan a las personas para hacerlo sin su consentimiento, pero tambien viven; y el algunos incluso beben de animales.
Pero claro esto solo eran libros. ¿Cómo sería la realidad?
- Tomo sangre humana. Pero no mato para conseguirla.- se levantó sin mirarme y se dirigió hacia la mochila, de donde sacó la nevera.- Corinne y yo nos turnamos de vez en cuando para entrar en el hospital y saquear algunas de las reservas de sangre. No necesitamos mucha, una bolsa cada tres días, así que no cojemos demasiadas, pero tampoco dejamos que nos sorprenda el hambre, o la sed, con una única bolsa en el frigorífico.
Entonces vi que sacaba una bolsa de hospital rellena con un líquido rojo brillante. Sangre.
- Eso me da la razón. Eres una gran persona, no eres cruel, no haces daño a la gente para alimentarte.
- No, ahora no. Pero si maté una vez.- dijo mientras se llevaba la bolsa a la boca y comenzaba a beber.
Eso me descolocó. No le veía capaz de matar a nadie. Es decir, se que sería muy capaz, tiene la fuerza y la velocidad de un vampiro, pero lo que quería decir es que no lo haría sin un buen motivo.
- Estoy segura que habría una buena razón para ello.
- No hubo ningún motivo, pero si unas circunstancias... digamos... especiales.
Se le veía claramente incómodo hablando de ello, así que cambié de tema.
- ¿No tienes frio?
- El umbral de sensibilidad de un vampiro está algo más alto que el de los humanos.
Cogió la manta que había traído y me envolvió en ella, con sus brazos alrededor. Podía notar la calidez de su cuerpo através de la manta y las ropas, sus manos en mi regazo y su mejilla contra la mía.
- Existen algunos mitos que dicen que los vampiros sois fríos, que vuestra piel está helada.
- También dicen que no tenemos sangre en nuestro interior y si la tenemos.
Eso me recordó algo...
- Sí, algunos mitos dicen que no teneis sangre y por ello necesitais tomarla, pero dices que sí teneis... así que...¿por qué bebeis?
- Porque nuestra sangre es distinta y no podemos asimilar bien los nutrientes de los alimentos.- explicó.- Por eso podemos vivir alimentandonos unicamente de sangre, porque ya tiene los nutrientes necesarios, pero no podemos vivir sin ella porque nuestra sangre no puede asimilar esos nutrientes.- miró su reloj y añadió:- Se acabó la clase sobre vampiros. Es tarde, debería llevarte a casa para que descansaras. No creo que te convenga dormirte en clase o llegar tarde, como esta mañana.
- ¿Por cierto te he dicho que van a formar un club de hockey? ¿Y que yo voy a formar parte de él?
Ya se que no venía a cuento, pero Ben acababa de recordarme la conversación con el Sr. Murray.
- ¿Club de hockey? Supongo que podría apuntarme.- dijo mientras se levantaba, y a mí con él.- sería una buena oportunidad para pasar más tiempo juntos, ¿no crees?
Me reí en respuesta. Tantas oprtunidades para estar juntos empezarían a levantar las sospechas de Alexi y Brian, pero me encataba que buscara ocasiones para estar cerca el uno del otro.
Esta vez no corrió tanto con la moto, aunque estuvo quejandose todo el camino de que una moto como la suya estaba hecha para correr. Hombres...
Aparcó delante del porche y me ofreció su brazo para ayudarme a bajar. Después de quitarnos los cascos lo arrastré de la mano hasta los escalones, donde nos sentamos y me envolvió en sus brazos.
- Debería irme. Tal vez sea un vampiro pero mi madre me castigará igual si no aparezco por casa pronto. Al fin y al cabo no he estado allí para la cena.- susurró con su boca pegada a mi oido.
- Supongo que no podemos hacer nada para remediar eso.
- No, pero puedo recompensarte por tener que irme.
- ¿Recompensarme? ¿Cómo?
Giré en sus brazos para mirarle y vi su expresión traviesa. ¿En qué estaría pensado?
Fuese lo que fuese se despidió y se fue sin comentar nada al respecto.
Aun continuaba dandole vueltas cuando entré en mi habitación para ponerme el pijama y acostarme, cuando advertí que no estaba sola.
Me di la vuelta de forma tan precipitada que tuve que agarrarme a la silla del escritorio para no caer. Había alguien en mi cama. ¿Por qué no había encendido la luz al entrar? ¿Por qué tuve que conformarme con la que entraba por la ventana?
Ahora no podía ver el rostro de la persona que estaba sentada en mi cama, con su cara vuelta hacia mi. Podía ver que se trataba de una mujer por su larga melena.
Alexi.
Me congelé allí donde estaba, con una mano aun sobre la silla y la chaqueta en la otra.
¿Nos abría visto a Ben y a mi abrazados en el porche? ¿Abría visto cuando nos depedimos con un beso? Seguro que sí. Quizás incluso nos había seguido toda la tarde. Si era así, no podría hacer nada contra ella. Yo no era un vampiro.
No. Yo no, pero Ben sí. Si lograba avisarle antes de que ella se lanzara contra mí, tal vez él podría llegar a tiempo. Tal vez.
Mi movil estaba en un bolsillo de la chaqueta, que aun tenía en mi mano. No sabía si podría alcanzarlo y llamar a Ben antes de que ella me atacara, pero era mi única posibilidad.
Recé para ser lo sufientemente rápida para poder hacerlo. Para que Ben llegara antes de que Alexi me matara.
Inhalé fuertemente y moví rapidamente la mano hacia el bolsillo de la chaqueta en busqueda del movil. Pero no lo bastante rápido.
Apenas había cogido el movil y ella ya estaba delante mía con su mano alrededor de mi muñeca.
- Ni se te ocurra llamar a Ben. Esto tenemos que hablarlo tú y yo, asolas.