jueves, 3 de noviembre de 2011

Historia 1: capítulo 3


Grité. Con todas mis fuerzas.
Y eso fue lo que me despertó. Miré confundida a mi alrededor y comprové que seguía en mi cama, en mi dormitorio. Todo había sido una pesadilla.
Bueno, no todo en realidad, solo la última parte. Una prueba de ello era mi dolor de cabeza y la venda alrededor de mi frente. Me dolía la cabeza enormemente.
- Cariño, ¿estás bien?- preguntó mi madre desde la puerta, alertada por mi grito.
- Sí, mamá, solo ha sido una pesadilla.- contesté con voz pastosa por el sueño.
- Bueno, yo tengo que irme a trabajar o llegaré tarde, pero tu no es necesario que vayas a clase. Quedate y descansa, los médicos dijeron que no hicieras esfuerzos y que necesitabas descansar.
-Tranquila, me quedaré en la cama hasta tarde, y cuando salga iré directa a tumbarme al sofá.
- Tampoco estés todo el día holgazaneando- me dijo entrerrando los ojos.- Adios, me voy. Cuidate.- se despidió con un beso y se fue.
Me levanté de la cama para cambiarme, aun tenía la ropa del día anterior y estaba incomoda. Busqué en mi armario algo para ponerme y encontré la ropa que llevaba en mi sueño. Tal vez sea supersticiosa, pero cogí la camiseta y el pantalón y los eché al cesto de la ropa sucia antes de sacar unos pantalones largos de chandal oscuros y una sudadera rosa. Después me dirigí al baño para peinarme y lavarme la cara.
Una vez en la cocina me preparé mi tazón de cereales hasta arriba. Aunque fuera supersticiosa no pensaba renunciar a mis deliciosos cereales con chocolate. Me fui con el tazon al sofá con la intención de comer mientras veia algo en la tele, pero no había nada interesante, por lo que me volví a la cocina.
Después de desayunar cogí mi chaqueta, mis llaves, mi cartera y mi movil y salí de casa. Tomé mis patines de la cochera y me fui a pasear por la ciudad. No era muy fan de las protecciones recomendadas para patinar, pero aun así, esta vez decidí no tentar mi suerte y me puse el equipo completo: rodilleras, coderas, muñequeras y casco. Una vez preparada cogí la cuesta que bajaba desde mi calle y me deje ir a cualquier sitio que me llevaran mis patines.
Desde que habíamos llegado a Boston no había tenido oportunidad para patinar, y eso era algo que lamentaba. Adoraba patinar. Siempre que había algo que me preocupara o alterara me iba a dar una vuelta con mis patines, pero aquí en Boston mi madre aun no me lo había permitido porque decía que no conocía bien la zona y que me perdería. Todos decían que mi madre había sido una persona valiente y poco dependiente de los demás, pero que tras el accidente de mi padre cambió desarrollando un gran temor y preocupación a no saber nada acerca de sus seres queridos. Por ese motivo todos teníamos que tener un telefono a mano esperando en momento en que a mi madre se le ocurra llamar. Si cuando ella llamaba no le contestaba, cuando lograba contactar conmigo me llevaba una gran reprimenda por haberla asustado inútilmente.
Estuve patinando por las calles de Boston hasta la hora del almuerzo, entonces decidí acercarme a algún puesto de comida rápida. No tuve que buscar mucho hasta encontrar una hamburguesería que tenía buen aspecto. No me pareció adecuado entrar con los patines pero no me había traido mis deportivas, así que me acerqué a la ventanilla para los coches para pedir una hamburguesa normal y una coca-cola y me senté en un banco cercano a comermela.
No había terminado cuando oí que me llamaba. Miré a mi alrededor y vi a Ben y Lucy en el otro extremo de la calle. Ella agitaba un brazo con ansiedad mientras daba pequeños saltos a la vez que me llamaba. Él, por contra, no parecía poder moverse como su hermana ya que llevaba dos mochilas, la suya propia y la de ella. Pero sonreía sinceramente en mi dirección.
Con la hamburguesa y el refresco en las manos me acerqué a ellos para saludarlos.
-¡Hey! ¿Qué haceis aquí?¿Cómo es que no estáis en la escuela?- les pregunté extrañada de verlos allí.
- Es que hoy tenía cita con el dentista y, bueno, mis padres estan trabajando, así que me acompaña mi hermano.- me explicó Lucy
-¿Y tú qué tal te encuentras?.- me preguntó Ben preocupado.- Hoy no has ido a clase.
- La verdad es que aun no recuerdo mucho de lo ocurrido aunque mis recuerdos están volviendo, pero todo es aun muy confuso. Por eso no he ido a clase, allí me agobiaría mucho y la cabeza me daría vueltas. Incluso al tener que concentarme para hablar inglés me duele, pero solo con conversaciones largas y complidas. Si hubiera ido a clase tendría que estar todo el día concentrada en lo que dicen los profesores y el dolor sería insoportable. Así que decidí quedarme en casa y salir a patinar para relajarme un rato.
-¿Aun no lo recuerdas todo?.- Lucy sonaba decepcionada.
-No, todo no, por el momento, pero los recuerdos volverán pronto. Y, bueno, mañana ya sí ire al instituto, no quiero perder más clases, o luego me arrepentiré.
-Si quieres puedo pasarme por tu casa luego más tarde y vemos lo que hemos dado hoy,- se ofreció.- así no tendrías que esforzarte mañana el doble al no saber de que iba la lección de hoy.
- Es una gran idea. Yo estaré en casa toda la tarde, así que pasate cuando te venga bien.- acepté encantada.
-Bien, me pasaré sobre las cinco.
-OK. ¿Sabes mi dirección?- ese era un detalle importante.
-Yo sí, no te preocupes.- intervino Lucy.
-Está bien, nos vemos luego.- me despedí mientras me alejaba patinando.
-Adios.
-Hasta pronto.
¡Genial! Esta tarde tendría una cita con el chico más adorable de toda la escuela. Sí, ya sé que solo se trata de hacer los debers y estudiar, pero aun así es una cita. Tendría que arreglar un poco mi habitación, me había ido con la cama sin hacer y la ropa tirada por el suelo. Tampoco quería que todo estuviera perfecto, parecería que he estado todo el rato nerviosa por su llegada... aunque realmente estaré nerviosa por ello.
Iba pensando en mis cosas y no prestaba atención al camino que seguía ni al tráfico, así en un cruce estuvo a punto de atropellarme un coche. Afortunadamente conseguí reacionar a tiempo y echarme hacia atras, aunque no me di cuenta que había un bordillo detrás y caí de culo al suelo.
No es que fuera muy patosa, solo lo esencial, simplemente iba algo distraída. Muy bien, muy distraída. Pero es que tenía un buen motivo para estarlo. ¡Ben y yo íbamos a estar solos en mi casa!
No tardé en llegar a casa, media hora me bastó para ello. Había ido algo lejos, pero no importaba. Ahora tenia que ducharme y ordenar mi habitación para cuando Ben llegara. Corrí por las escaleras hasta llegar al baño una vez hube dejado los patines y todo el equipo de protecciones en la cochera. Allí me retire la venda de la cabeza con cuidado y me cubrí la herida con unas bandas impermeables para que no se mojara. Usé mi champú preferido con olor a frutas del bosque y mi gel hidratante par una piel sedosa. Tuve especial cuidado al secarme la cara con la toalla por la herida, y no me la volví a vendar hasta que me sequé el pelo y me lo recogí en una trenza a un lado.
Una vez en mi dormitorio escogí unos pantalones cortos verdes pistacho y una camiseta de tirantes color pastel. Después hice mi cama y limpié mi escritorio de libretas y libros para dejar paso a los de la escuela. Ahora solo tenía que esperar a Ben, aun quedaba media hora para las cinco.
Mientras esperaba decidí dibujar un rato. Para ello me puse mis auriculares y me tendí en la cama con todos mis lápices alrededor de mi cuaderno de dibujo que tenía frente a mí. Tenía el movil cerca para comprobar la hora de vez en cuando. Sin embargo, pronto me sumergí  en mi tarea y me olvidé del mundo.
Estaba con el boceto de un paisaje con hadas y ninfas bailando y diviertendose bajo un calido sol cuando escuche el sonido del timbre entre canción y canción. Ben. Eso fue lo que pensé inmediatamente, pero despues de consultar el reloj vi que aun eran menos cuarto. De cualquier modo corrí escaleras abajo para abrir la puerta y ver de quién se trataba.
- Hola, pensé que no estabas.- saludó Ben nada más abrir la puerta.
-Ee... esto...yo... no te esperaba aun.-contesté sorprendida.- Tenía los cascos puestos y con la musica no oí el timbre.
-Bueno, pensé que iba a tomarme más tiempo el camino, así que salí de casa algo pronto.- me aparté sujetando la puerta para que pudiese entrar.- Vaya... tienes una casa muy bonita.
- Gracias, la decoró mi madre. Ella eligió hasta el más mínimo detalle de la decoración. Menos mi cuarto, eso es cosa mía. Al fin y al cabo soy yo quién duerme allí. ¿Quieres que te muestre la casa entera?
-Claro.- sonrió.
Estabamos en la entrada, desde allí partía un corto pasillo que tenía cuatro puertas, una daba al salita de estar, amplia con un sofá, el mueble de la televisión con muchos estantes para fotos y jarrones, una mesita de café en el centro. Ben se acercó a las fotos y tomó una en sus manos.
-¿Esta eres tú de pequeña?.-preguntó mostrandome una foto realizada cuando tenía cuatro años y estaba aprendiendo a patinar.
En la foto casi no se me veia entre tanto chisme con las rodilleras, las coderas, el casco, los patines, las muñequeras,... incluso llevaba pechera.
-Mi madre era una exagerada, con tanta protección, y yo con cuatro años no tenía edad suficiente para discutirle nada.
-Estás muy feliz en la foto.
-Bueno, ya te he dicho que me encanta patinar.-repuse mientras dejaba la foto en su sitio.
Otra puerta daba al salón, que estaba dividido en dos partes desiguales sin separación físca, en la grande había una mesa grande para muchos comensales, que utilizaríamos en ocasiones especiales, y en la pequeña, un piano de cola.
-¿Tocas?.- me preguntó levantando la tapa y presionando una tecla.
-No, es de mi madre, ella es la músico de la familia.
-¿Y tu qué haces?.- preguntó curioso
- Yo pinto. Si quieres de que lleguemos a mi cuarto te muestro algunos de mis dibujos.
Él asintió en respuesta y me dedico una de sus sonrisas.
Desde el salón se accedía al jardín. La verdad es que parecía sacado de una película. Era muy amplio. Al fondo había una piscina que simulaba un lago, incluso tenía piedras alrededor; cerca de la piscina había una zona en la que tomar el sol ocupada por un par de tumbonas y una mesita para apoyar los vasos y alguna revista. Más cerca de la puerta se encontraba el cenador, con una pequeña mesa rectangular y cuatro sillas de madra oscura. Todo el suelo estaba recubierto de cesped y las paredes con numerosas plantas enredaderas y flores.
De vuelta a la casa, atravesamos otra puerta. Esta daba a la cocina, que no era la típica americana, de esas de una barra en el salón, sino de las típicas europeas, una habitación para la cocina.
-Vaya... no se ven muchas cocinas como esta en América.- exclamó recorriendo la estancia con la mirada.
-Fue una condición que puso mi madre a la hora de mudarnos, quería una cocina completa, no compartiendo habitacion con el salón. Así es mejor... ya sabes... por los olores.- le expliqué.
La otra habitación daba al baño, uno pequeño, sin bañera. Después subimos las escaleras quedando ante otras cuatro puertas. Una era la del despacho de mi madre. Otra la de su dormitorio. La tercera la del cuarto de invitados. Y la cuarta y última puerta, la de mi habitación. Los tres dormitorios tenían baños propios. Sin embargo, de todas estas habitaciones solo le mostré la mía.
Mi habitación estaba pintada en tonos pastel anaranjados. La cama era parecida a la de las películas antiguas, con dosel incuido, con una colcha color coral y barrotes en bronce. El armario y el escritorio también eran retro, con numerosas ornamentaciones que le daban un toque elegante. El escritorio estaba debajo de la ventana, enfrente de la puerta, lleno con mis libros de la escuela, y con los de lectura en un estante del propio escritorio. El armario se encotraba al lado de la puerta que daba al baño, a los pies de la cama.
Él se acercó a la cama y cogió mi cuaderno de dibujo
-¿Esto es lo que estabas pintando cuando llegué?.-
En respuesta asentí con la cabeza, mientras lo cogía en mis manos y le mostraba algunos de mis mejores dibujos.
-Eres fantástica.- comentó observando mis dibujos
-No es para tanto, cualquiera con la misma escasa vida social que yo podría haberlos hecho incluso mejor.- dije restandole importancia
-Vamos, una chica como tú, ¿poca vida social? No me lo creo. Seguro que dejaste allí en España a muchos amigos y algún novio.- aseguró levantando una ceja y sonriendo burlonamente.
-La verdad es que no. Solo tenía dos amigas y ningún novio.- le contesté levantandome de la cama y sentadome en mi escritrio.-¿Empezamos?
Él solo asintió con la cabeza y se sentó en la otra silla a mi lado. Sacó sus libros y sus apuntes de su maleta y yo hice lo propio con los mios. Estuvimos un rato estudiando en el que solo le interrumpía para preguntarle por palabras que no entendía su significado. En estas explicaciones siempre terminabamos riendo, siempre resultaba cómico haciendo todos esos gestos y tratando de hablar algo de español. La verdad es que no dominaba para nada el idioma.
A las siete hicimos un descanso, mientras yo preparaba la cena. No le había dicho a mi madre que iba a estudiar en casa con un chico, así que quería tenerla lista para suavizarla un poco. Era el mismo truco que ella usaba conmigo, tenerme contenta antes de darme una noticia a la que me opondría, como lo de mudarnos a Boston. Ahora, no obstante, la idea de mudarnos aquí me gustaba. Adoraba este sitio, especialmente a Ben y Lucy.
No me compliqué mucho con la cena. Filetes a la plancha y una ensalada. Ben me ayudó en la cocina, mientras que yo hacía los filetes a la plancha el preparaba la ensalada. También me ayudó a poner la mesa. Era muy servicial.
Mamá llegó sobre las siete y media, cansada por la larga jornada de trabajo.
-Hola cielo, ya estoy en casa. ¿Cómo ha ido tu día?.-Oí como mi madre me hablaba desde la entrada en español.
-¡Bien!- le contesté también en español.- Ven a la cocina, tenemos visita.
-¿Visita? No esperaba a nadie.- dijo extrañada aun en español.
Mi madre entró en la cocina y se quedó mirando Ben con expresión desconcertada por unos segundos, lo que le bastó para reaccionar y cambiar su expresión a una más amable.
- Mamá, seguro que recuerdas a Ben. Él estuvo en el hospilar junto con su hermana, Lucy.- le recordé ya hablando en inglés en consideración a Ben.
Pude ver como el reconocimiento se extendía por su rostro.
-Ah, sí. Los hermanos Wagner. Sí los recuerdo.- dijo mientras se acercaba a Ben para saludarlo dandole dos besos en las mejillas.
-Verás, Ben se ofreció a venir hoy para ayudarme con la tarea de la escuela, para que no me perdiera en las diferentes asignaturas.
-Te dije que no hicieras esfuerzos.- me reprendió entrecerrando los ojos.
-Mamá, solo han sido un par de horas. Además, es mucho mejor que te explique en compañero que el profesor, necesitas menos concentración.
-Bueno, tu sabrás lo que haces. ¿Te duele la cabeza?.- aunque trataba de ser dura, la preocupación se lo impedía.
-No, mamá. Estoy bien, de verdad.- insistí
-Lo que tu digas.- después miro hacia la mesa.- Veo que ya has preparado la cena.
-Sí. Ben me ayudó.
- No ha sido para tanto. Yo solo ayudé con la ensalada.- dijo hablando por primera vez desde que entró mi madre.
Mientras comíamos mamá sometió a Ben a un interrogatorio. Le preguntó por sus padres, en qué trabajaban; en qué barrio vivían, por sus notas, sus aficiones... Él, sin embargo, no tuvo problema alguno en contestar a todas sus preguntas con amabilidad.
Resultó que el padre de Ben, Ian Wagner, era un respetado neurocirujano en una importante clínica aquí en Boston y su madre, Katherine, una abogada de prestigio. Su familia poseía grandes sumas de dinero, por lo que vivían en uno de los barrios más ricos de la ciudad. Él quería seguir los pasos de su padre, quería estudiar medicina, aunque no quería ser neurocirujano. Prefería especializarse en cardiología. Su expediente académico era sobresaliente, digno de un futuro médico. Su hermana, por contra, no seguiría ni los pasos de su madre ni los de su padre. Ella había decidido optar por la carrera de arquitectura. Como todos los chicos americanos, una de sus pasiones era el beisball; aunque no la única. También montaba en bicicleta y sabía manejar el monopatín, de hecho, hacía un par de años había participado en un concurso de salto. Además del deporte, también sentía interés por el cine y la literatura, y obviamente por la música.
Al terminar la cena, terminó también el interrogatorio. Aunque no me gustaba que mi madre sometiera a todos mis amigos al tercer grado, debía reconocer que gracias a ella me había enterado de muchas cosas sobre él de las que no tenía ni idea. Sin embargo, mi mente no parecía estar de acuerdo conmigo. Demasiada información que almacenar.
Estabamos quitando la mesa cuando mi mente dijo basta. El patinaje, el estudio, la charla con Ben,... todo eso parecía haber causado mella en mi cabeza. Empezaba a sentirme mareada. El plato que llevaba en las manos se escapó entre mis dedos estrellandose en el suelo, atrallendo las miradas de Ben y mi madre al romperse. Vi como ambos se acercaban a mí, pero antes de que cualquiera de ellos llegasen hasta mi posición el suelo comenzó a inclinarse. No llegué a sentir el impacto contra el suelo porque unos poderosos brazos me cogieron mientras caía. Después todo se quedó negro.